el pinacate

Qué me cuentas y otros cuentos...

sábado, noviembre 25, 2006

Los árboles mueren de pie

Por: Nosferatu

Le molestaba viajar en Metro. No era el calor acuchillador, ni el hacinamiento con sus empujones e incomodidad, ni siquiera el hecho de tener que usar ese medio de transporte y no otro. No, no era eso lo que molestaba. Era lo que el Metro representaba. Para él, aquella visión era tan evidente, que no comprendía por qué la gente seguía actuando tan natural, como aquello fuera normal. Eso era lo que más le molestaba, esa pasiva indiferencia, esa cándida resignación.
El Metro le parecía una avalancha de ciegos guiados, por un tuerto, hacia la alienación. Se preguntaba quién propiciaba aquello, ¿eran los comerciantes que deseaban aumentar sus ventas por medio del asedio publicitario?, o ¿eran los pasajeros que perdidos y confusos buscaban en los largos y anchos pasillos, en sus enormes señalamientos y anuncios; no sólo indicaciones para entrar y salir, sino también la indicación de que sueños acariciar, con qué objetos consolar sus esforzadas vidas y con cuales otros no; en resumen, una guía sobre cómo debían vivir? El Metro era el espejo donde la sociedad indolente, atada al deseo, se reflejaba. Era tan obvio para él, que sentía su deber hacer algo por aquella gente a su alrededor que se ignoraba cortésmente durante el viaje.
Debía intentar despertar algunas de esas mentes.

Titilantes, entran por la ventana, las luces de la tarde reflejándose en el techo de la habitación. Ursula, les contempla buscando diluir en ellas la molestia que le dejara la llamada de Carla, su amiga.
Cada vez le resulta más insoportable tener que oír la misma historia del “Romeo” perfecto, que al cuarto día se convierte en un “Marques de Sade”; escuchar las mismas ilusiones construidas sobre los inciertos cimientos de la superficialidad; y después, una vez destruida la fantasía, tener que consolar la tristeza de la decepción amorosa y los sueños rotos. ¿Acaso Carla, no puede pensar en otras cosas, que no sólo sean galanes y fiestas, o ropa y vestidos, o lugares de moda? Carla ha agotado su confianza en el amor, su fe en la sensatez. “¿Acaso no se da cuenta de que el mundo es extraño?”. Se pregunta. Piensa entonces que quizá la extraña es ella y no el mundo; todos parecen estar conformes con el mundo; todos excepto ella. Al descubrirlo siente las manos de la soledad intentando exprimirle los ojos.
No puede entender por qué ha permitido, tantas ocasiones, le embarquen en citas, en reacciones, en tareas y compromisos: Carla, su madre, sus hermanos, sus amigos, todos. ¿Porqué…, porqué lo ha permitido? Y, cómo sucede a menudo, sabe la respuesta aún antes de terminar de formular la pregunta. Teme, la señalen como mala persona, teme ser rechazada y sabe que por eso se deja chantajear; pero está cansada de temer. “Incluso los más fuertes tienen sus momentos de fatiga”. Había dicho Erick, citando a Nietzsche. Le duele darse cuenta ahora que todos esperan algo de ella; algo que ella no está dispuesta a ser: una chica común.
Al evocar a Erick el enojo parece menguar dentro de ella; pero las manecillas están lejos aún de la hora esperada.

Cuando descendió del vagón miró su reloj. Ya iba retrasado. Encaminó sus pasos hacia la salida de la estación del Metro. Los autos herían la cortina de agua cuando salió a la calle. Las personas corrían buscando donde guarecerse de la lluvia. Él, en cambio, echo a correr inmutable. De pronto, sus pies se detuvieron en medio de un charco donde contempló su reflejo oscilante. ¿Qué estaba haciendo ahí mojándose y corriendo como un loco? Hurgó en su memoria y aunque los motivos estaban ahí, no puedo entenderlos. No bastan los conceptos para construir el ideal, hace falta imbuirle pasión para que cobre vida. Buscó entonces pasión dentro de sí… no la encontró. La rutina le había asesinado. Las cosas, él, el proyecto no tenían sentido ahora. Siguió su camino, esta vez, caminando pausadamente bajo el peso de la ropa mojada y la amargura de sus pensamientos.
La lluvia arreció entonces convirtiendo las siluetas en sombras.

¿Qué miras si no me ves? ¿Qué piensas si no me oyes?
Detente, deja que mi fulgor te cubra..
Cierra los ojos, déjame abrírtelos.
Ponte cómodo. Estira el brazo, tócame sin tocarme. Déjate llevar.
Acalla tus pensamientos, tus quejas y razonamientos. Adormece tu mente; yo, haré el resto por ti.
Mírame. ¡Mírame!

La primera vez, hace dos meses, que lo había escuchado, su voz le pareció algo chillante y descompuesta. Demasiado expansivo y atropellado por momentos; sin embargo, había algo indescifrable, algo escurridizo, algo enredado entre la ondulación y las palabras que le hacían diferente. Ese “algo” le impidió cambiar de estación o apagar la radio.
Siguió escuchándolo cada viernes desde entonces.

¿Alguien me escucha alguna vez?, ¿alguna vez me ha escuchado alguien?
La voz ama más los oídos que los labios o los pulmones. No sería nada sin oídos.
¿Me engaño al pensar que puedo cambiar algo?
¿Vale la pena tanto esfuerzo? No tengo paga… es más, debo invertir mi dinero.
¿Qué caso tiene seguir?
Si cae un árbol en el bosque y nadie lo ve ¿sucede realmente?, ¿existió ese árbol?
¡A la chingada con todo!

Ven. Consuélate conmigo. Yo tengo lo que buscas, lo que deseas. No escuches a nadie más que a mí. Yo sé lo que debes escuchar, lo que es correcto pensar, lo que debes decir, lo que debes vestir. ¿No es eso alentador y tranquilizante?
¡Mírame!, entrégate…ámame.
¿Acaso no soy la génesis de tus deseos, el lujo de tu vida, tu oráculo y sibila?, ¿acaso no soy tu consuelo?
No luches. No sufras con tus dudas sólo mírame.

Una velada ansiedad invade a Ursula, mientras contempla la pereza del tiempo. Desea escuchar a Erick, sentirlo cerca. “Estoy aburrida”. Se justifica a sí misma, ante la amenaza que cierne la palabra amor al cruzar por sus pensamientos. “no puede ser amor, no debe ser amor”. Se repite. “Pero ¿qué otra cosa podría ser?”. Se pregunta.
El reloj marca las siete menos quince minutos.

―¿Qué pasó?, ¿porqué está todo el equipo aquí afuera mojándose?― Pregunta Erick, sorprendido y empapado, a Víctor, su compañero de transmisión y amigo.
―Nos echan a la calle estos cabrones. Descubrieron de donde transmitimos y le dieron una lana a la señora que nos rentaba, los muy ojetes ni siquiera dejaron que sacáramos las cosas cuando acabara de llover.
Erick sintió el agua que mojaba sus ropas evaporarse con mayor velocidad, haciéndolas más ligeras. Estaba furioso. ―¡Qué poca madre de cabrones!― Gritó. En una sola tarde se habían quedado sin casa y sin programa de radio.

Los minutos se acumularon después de las siete y nada, sólo el granuloso sonido de la estática. Con decepción, Ursula, suelta el sintonizador. Había sucedido al fin. Siempre había sabido que, tarde o temprano, alguien cortaría la conexión acallando la chillona y desbordada voz del locutor arengando al despertar de las conciencias, anunciando trova yucateca, o sones tzotziles en la radio libre.

¿Qué harás si renuncias a mí, si me abandonas, si no me enciendes?
¿Qué harás?... ¿Ponerte a pensar?

―Agarrate las cosas Víc; Carlos nos dejará conectarnos en su casa― ordena presuroso Erick que siente correr por sus venas una fuerza renovada, es cólera e indignación ante la impunidad y el descaro. ―No podrán con nosotros estos cabrones, alguien habrá de escucharnos alguna vez, con uno que escuche basta. ¡Apúrale güey que se mojan las cosas!

La confusión se borra. No era amor, era una invitación a cambiar las cosas, a cambiarse a si misma. Se levanta y se acerca a la ventana. A lo lejos, la lluvia azota el parque y las calles. Piensa entonces en los árboles que los relámpagos derrumban en la tormenta. Sonríe y musita: los árboles mueren de pie.
Sabía que volvería a escucharlo.
―Sí, los árboles mueren de pie; pero nunca en silencio.